lunes, 26 de enero de 2026

El majestuoso Baldaquino

Estamos en un 29 de junio de 1633 en la basílica de San Pedro de Roma. Bernini hoy al fin respira porque se va a presentar a la sociedad romana su obra: el “baldacchino”. Él sabe que no es “su” obra, puesto que han trabajado en el su padre, su hermano y quien fuera la mano derecha de Carlo Maderno quien, pese a la decepción que le supuso no haber sido el arquitecto elegido en un concurso más que amañado y cobrar la décima parte que el “padre de la criatura” accedió a trabajar en ella siendo el genio que desarrolló toda la parte alta.

Sección a escala del baldaquino dentro de San Pedro

Bernini alza la vista y se muestra satisfecho con su obra. A sus 35 años es ya un consumado escultor pero un discreto arquitecto. Sin embargo su mente viaja hasta sus 18 años, diecisiete atrás cuando entró en la basílica con su maestro Aníbal Carracci, quien, observando el ábside vacío dijo que un día llegaría un artista digno de adornar aquél espacio. Desde aquél momento, Gian Lorenzo deseó fuertemente convertirse en el hombre que lo haría realidad y hoy está exultante viendo su obra por fin culminada. La presión de los últimos meses ha sido formidable. El pontífice incluso ha anunciado que se anuncie la presentación en sociedad de la obra a bombo y platillo. “ Inauguración del rico y suntuoso baldacchino hecho de bronce dorado ... sostenido por cuatro grandes columnas ... con cuatro grandes ángeles sobre las esquinas de los arquitrabes con otros ángeles ... todo en bronce dorado con un costo de más de 200,000 escudos”

El Baldacchino

La corte papal no es pequeña pero el pueblo romano acude presa de la curiosidad. Se dice que para hacerlo hubo que arrancar el bronce del Pronaos del Panteón de Agripa. Otros dicen que no, que ese bronce fue utilizado para hacer los nuevos cañones del castillo del Santo Ángel. Pero en esta Roma, latina y deslenguada, una pasquinata ya había sentenciado:” Quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini “(lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini), en alusión a la familia del Papa. Hoy sabemos quién fue el autor y que el destino del bronce fue para los cañones, aunque eso es otra historia.

El proyecto original con un Cristo en la cúspide

Apenas hace 5 meses que se estaba trabajando todavía en la fundición del Cristo triunfante que habría de coronar el conjunto. Sin embargo las prisas por la inauguración, las ansias del pontífice y sobre todo la experta voz de Borromini advirtiendo que los pilares que se hunden cuatro metros en el suelo no serían capaces de sustentar ya más peso hicieron desistir de la idea a Bernini que optaría por rematarlo como lo conocemos: con una cruz sobre un orbe. En su afán perfeccionista sin embargo, le corroe no poder entregarlo totalmente terminado por las prisas de su mecenas. 

La gente va entrando, algunos procurando no pisar ese disco de pórfido rojo egipcio, que en origen se encontraba en la basílica antigua y que aún vemos en la actual. Ese único disco rojo en todo el suelo multicolor de la basílica y que indica donde Carlomagno se arrodillaría para ser coronado emperador del sacro imperio en aquel día de Navidad del año 800 y donde otros emperadores seguirían su ejemplo.

El disco de pórfido en la entrada

Al fondo ya ven el baldaquino, imponente con sus 28,5 metros de altura (o un edificio de diez pisos que diríamos hoy en día). Urbano VIII está satisfecho con el trabajo de su protegido. Las abejas y el radiante sol de los Barberinis están por todos lados. Los pámpanos y vides se entremezclan con laurel para apuntalar más aún la vanidad del Papa.

A partir de aquí os podría contar que las columnas no son de bronce en puridad, sino que tiene armazón de hierro y hormigón, que fueron fundidas a la cera perdida y en segmentos, que también se empleó oro para determinadas partes o que la parte alta es de madera sobre la que se colocaron elementos repujados y cincelados para aligerar el conjunto. Como todo eso queda en lo alto y lo que me gustaría es contaros lo que podéis ver por vosotros mismos, os hablaré de algo que podéis ver a simple vista (y que no suelen contarnos).
La impresionante parte alta

Hagamos lo que el pueblo no pudo hacer aquel día pero nosotros si. Caminemos hacia el baldaquino y vamos a rodearlo en sentido horario empezando por la columna que nos queda a nuestra izquierda. Si os fijáis en cada basa hay dos escudos del Papa Barberini haciendo un total de 8. Pero fijaos bien. No son iguales. En bajorrelieves de mármol, vemos esculpidas pequeñas cabecitas casi escondidas por los escudos papales. Son una secuencia que parece querer reproducir un movimiento. Se trata del esfuerzo de una mujer dando a luz. En el octavo, aparece un recién nacido. Una secuencia absolutamente nueva que alude a la idea de Iglesia como Mater. Sin embargo, los romanos que están en todo no dejan de cuchichear que esa secuencia tan alegórica oculta del nacimiento de un bebé. Primero veremos la cara de una mujer joven relajada primero, luego se contrae y finalmente se reemplaza por la cara de un niño. Parece que esto se debe a la promesa hecha por Urbano VIII de construir el dosel si su amada sobrina, que probablemente moriría durante el parto, daba a luz con éxito. Si uno observa bien además podrá apreciar que los escudos se van hinchando según las etapas del embarazo de la mujer para acabar con la cabeza del bebe que nos indica que el parto llego felizmente a término. La forma del escudo también se cuenta que hace referencia a los genitales femeninos según las diferentes fases del parto.

La secuencia en las basas

No será este el único detalle que se pierde en tan monumental obra. En el mismo bronce de las columnas se encuentra también fundido un rosario. A un lado un crucifijo y al otro tres medallas, supuestamente de San Pedro, San Pablo y una de la puerta del jubileo de 1625. Se dice que al terminar la obra Bernini quiso dedicar de esa forma su trabajo a la Virgen. En esa misma columna, la del suroeste (la segunda de nuestro paseo), se puede ver otra medalla que representa a Urbano.

Rosario con las tres medallas y crucifijo


La medalla de Urbano

En la columna noroeste (la tercera de nuestro paseo) el maestro colocó una serie de lagartijas porque al cambiar de piel y hacer crecer una nueva cola, son un símbolo de la resurrección. Una de esas lagartijas tiene un escorpión en la boca que es la representación del mal según el apocalipsis. Muchos más símbolos que sería imposible enumerar, tales como ángeles , laureles, moscas y demás cubren el resto de pilares que Gian Lorenzo por una u otra razón quiso dejar en nuestra memoria.

Una de las lagartijas

Así están transcurriendo las cosas dentro de la basílica aunque se está mascando ya la puntilla para la relación entre Bernini y Borromini. Si bien trabajaban juntos Bernini era el titular y cobraba 10 veces más. En la nómina del Vaticano de enero de 1633, Borromini recibió 25 escudos. Bernini, 250. Era el jefe. La gota que colmó el vaso llegó con un trapicheo que ideó Borromini: crear una empresa de abastecimiento de mármol para San Pedro que contratarían ellos mismos para repartirse los beneficios. El negocio no iba mal, hasta que Borromini descubrió que Bernini había pactado en secreto una comisión especial para él. Ahí se le acabó la paciencia y rompió toda relación. Abandono San Pedro, el palacio Barberini y se puso a trabajar por su cuenta.

Mucho más habría que contar de esta obra, de su sensación de ligereza, de los “pendoni” que parece que se balancean, de un sinfín de detalles. Pero eso ya pertenece al género de lo exhaustivo.

Boceto de los "pendoni"


Me quedo con este 29 de junio, porque quizás este día haya sido el testigo de bastantes cosas. Los romanos perdonan al pontífice el expolio del Panteón y la colaboración de dos genios pasa a convertirse en odio y en competencia llevada a sus máximas cotas. Un odio que nos ha hecho llegar grandiosas obras y quizás el barroco tal y como lo entendemos hoy en día.

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